Este es el Castillo de Cartas


Un castillo de cartas.
Frágil, si piensa en el que está hecho de naipes.
Interesante, si piensa en uno hecho de epístolas.
Este cae en ambas descripciones.

sábado, 30 de julio de 2011

Cambios inadecuados

El predicador se hundía en su dolor. Lo que había cuidado durante tanto tiempo, muy a su manera, había tomado rumbo opuesto al suyo, y claramente no de la mejor manera. Sin despedida, en lo oculto, dejando atrás todo, huyendo de la "opresión" del hogar, huyendo a los brazos de la rebeldía encarnada en aquel hombre delgado, mayor que ella.

La manera en que él suponía procurar su bienestar no era la más adecuada, era sofocante, molesta; y este mismo hecho hacía que ella se comportara de manera opuesta a lo que él pedía de ella, y lo que él pensaba de ella.

El predicador ponía vendas sobre sus ojos para no saber la realidad que sucedía cuando él no estaba. No quería saber que ella buscaba por experiencias de todo tipo a sus espaldas, y es aquí donde hizo su entrada triunfal el ayudante de la huida.

Parece que a ella la cautivó su actitud de no tomarle importancia a nada ni a nadie, motivó en sus adentros al ser reprimido que llevaba frente a sus padres, la llevó a conocer lugares que jamás imaginó, la convenció, y podría decir que se enamoraron, ambos, y pensaron la huida.

Y efectivamente pensaron en esto porque el predicador supo de su relación, y puso extremadas restricciones entre ellos, aún más de las que tenía ya. Ellos no pudieron más con eso, pensaron en como poder hacer esto, armaron el plan en lo oculto, y un día sin más, salió de casa una tarde, aprovechando la soledad de la casa aquella hora.

Quedaron atrás los esfuerzos que hacían sus padres, de una manera u otra, para poderle brindar su estudio, que ahora quedaba, pensándolo de manera optimista, truncado momentáneamente. Quedaron atrás los cuidados con ella, quedaron atrás los excesivos controles, quedaron atrás los días en que no hacía nada más que lo básico en casa. De la noche a la mañana pasó de estudiante hija de papi a ama de casa, y seguro no era la mejor opción.

Y el predicador se tragaba sus palabras, pensaba qué podía haber hecho mejor para ella, y se hundía en su dolor.


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