Este es el Castillo de Cartas


Un castillo de cartas.
Frágil, si piensa en el que está hecho de naipes.
Interesante, si piensa en uno hecho de epístolas.
Este cae en ambas descripciones.

jueves, 2 de septiembre de 2010

Refresco

Hacía un calor horrendo, como de mitad de Marzo, sofocante, y las gradas del edificio no ayudaban a que él tuviera un refresco de esa agobiante sensación.

Como suele hacer, cuando llegó al último nivel del edificio, llegó al borde del pasillo, que da una vista hacia los pasillos de todos los pisos inferiores, donde por fin pudo tener un poco de brisa fresca.

Era tarde, no la hora que siempre llega a esa clase. No podía esperar mucho en ese lugar donde pasaba hartos minutos cuando llegaba temprano como de costumbre… Pero ese par de minutos bastaron para poder refrescar además sus ojos una vez más, con ella, a quién no veía desde hace mucho tiempo.

Después de un par de minutos apoyado sobre la baranda de ese pasillo, asomaron en el piso inferior unos ojos que se le hicieron familiares. A medida subía, el la pudo reconocer: Era la dueña de sus coincidencias. La niña que el destino había juntado con él hace quizá un año, con quién él vivió excelentes momentos, y que, así como llegó, se había ido, de pronto, sin saber de ella nada más.

Subía, y él miraba fijamente esos ojos tiernos color miel que eran tan cautivadores y llenos de serenidad, su andar tranquilo, su presencia suave. Esperaba que llegara al último nivel del edificio, pero se quedó justo en el anterior.

Para él, eso fue suficiente, pudo verla de nuevo. Observó con detenimiento esos gestos que le encantaban tanto, su certeza y pasividad al hablar; su movimientos de manos, todo lo que en él despertaba ese sentimiento de cuasi perfección hacia ella. Y así como llegó, entró a su aula.

Eran ya las 18:45hrs, y una mano paso sobre el hombro de él, dejándole saber que ya era tarde, y que había que entrar a la clase. “Ya Voy” – replicó, y a este momento ya no sabía si ese calor que percibía su cuerpo era por la temperatura del ambiente o la temperatura de su corazón. Seguía sudando como si estuviera en el desierto, apenas entrando a él.

Se secó la frente, y una brisa fresca de nuevo rozó su rostro. De nuevo había coincidido con ella, aun así a la distancia. Y de nuevo pudo percibir esas sensaciones que ella, aún en su ausencia ella provoca en él.

Pasó la brisa, volvió a secar su frente, y entró al aula. Tarde para la clase, pero él sintió que valió la pena, aún solo para ver sus ojos de nuevo, por un instante nada más.

Miércoles, Septiembre 1, 2010

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