Este es el Castillo de Cartas


Un castillo de cartas.
Frágil, si piensa en el que está hecho de naipes.
Interesante, si piensa en uno hecho de epístolas.
Este cae en ambas descripciones.

lunes, 27 de septiembre de 2010

Tarde de Septiembre

Era septiembre, y justo terminaba de llover. Lewart salió de casa rumbo a la de ella.

Unos días antes, él sabía por el mal momento que Libragae pasaba, por muchas situaciones relacionadas con su familia, y más explícitamente con su padre, quién victima del alcoholismo, hacía pasar a su madre y a ella, más que simplemente malos ratos. Decidió hacer algo por ella, al menos visitarla un rato, y no se esperaba lo que sucedería…

Llegó a casa, y ella salió a recibirlo. Platicaron un rato, y después de un momento se quedaron callados, con las miradas perdidas, como esperando por algo.

Lewart, desde hace un tiempo, sentía algo por ella, le atraía de una manera casi imposible de detener, era algo físico con un toque de ilusión, algo que desde hace tiempo él quería exteriorizar, y que parecía desde hace algún tiempo también, que podía ser correspondido.

En un arrebato de esos que no suceden mucho, tomó sus manos. “Son tan lindas” le dijo él a ella, y al decirlo volvió su mirada a sus ojos, pequeños e inocentes, y sin pensarlo demasiado, como se ha visto miles de veces en la televisión, simplemente se acercó a su rostro, y ella lo hizo también, y simplemente, con esos nervios del “primer beso”, ambos terminaron posando sus labios en los del otro, sintiendo que todo su alrededor se borraba, sintiendo que nada más existía, sintiendo que por esos minutos que duró ese beso, sólo existían ella y él, y esa pasión tan grande que crecía aún más en ese momento.

Lentamente se separaron, y se tomaron de las manos, aun con esos nervios característicos, cuando aun no sabes que rayos has hecho, o simplemente lo sabes, pero es algo nuevo para vos, y empezaron a reír de manera nerviosa, sin sentido… Se abrazaron, y ella le susurró al oído un suave “te quiero”, como confortando el nerviosismo que él sentía, rogando que ninguno de sus padres llegara aún.

Se hacía ya tarde, y sus padres no tardarían mucho. Se despidió con un par de minutos de besos, cuál niño con juguete nuevo, quién no se quiere separar de éste ni un minuto para conocerlo y disfrutarlo, pero llegaba la hora. Salió, y se fue.

Subiendo aquella calle irregular e inclinada, volteó a verla por última vez aquella tarde de septiembre en la que algo lindo comenzó. Algo que duraría por un momento, algo que sería fuerte y pasional, algo que sería lindo y de aprendizaje para ambos, algo que aún persiste en sus memorias, aún a pesar de las cosas que han sucedido en sus vidas, aún a pesar del tiempo que ha pasado…

Lunes, Septiembre 27, 2010

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