Este es el Castillo de Cartas


Un castillo de cartas.
Frágil, si piensa en el que está hecho de naipes.
Interesante, si piensa en uno hecho de epístolas.
Este cae en ambas descripciones.

viernes, 3 de diciembre de 2010

Crónica de un pésimo día.

Una mezcla de sentimientos cruzan por su mente. Y tan grande es esta mezcla extraña, que hasta parece enfermedad.

Un día difícil de labores, haciendo lo que no esta supuesto a hacer, pero aún así, haciéndolo con el gusto que la mente le puede conceder, y no más.

Termina el día, y parte a su segunda ocupación, con más costumbre que ánimo y voluntad, como desafortunadamente se le ha vuelto en los últimos tiempos. Divagando en el camino, pensando nada, a veces quedando a veces la mente en blanco, viendo al fondo aquel bonito edificio, que últimamente frecuenta. Camina casi automáticamente, casi sin vida, como programado para llegar al destino determinado, y nada más.

Llega al campus, y entra desapercibido, viendo al poco horizonte que se puede apreciar desde el piso de ese lugar. Pasa al pie del edificio donde habría de suscitarse una masacre académica para él ese día, todo por la falta de coordinación y apoyo que en un “equipo” no debe de faltar. Hecho que había sucedido ya antes, pero por la conjunción de presiones de ese día, la hacía especialmente pesada.

En ese lugar, se encontró a una compañera de otra clase, con quién se puso a platicar de cosas triviales de la vida, de cuanto duele el querer estar en forma, y cuanto cuesta tomar la decisión de hacerlo.

De pronto, como viento fuerte que irrumpe en una habitación abandonada, sin avisar, divisa al fondo del pasillo su figura. Inequívocamente era Esvansa, a quién en tanto tiempo no había visto, por simplemente no encarar lo que ahora por temor, por distancia, y por tantas otras variables que decidían separarlos. Sus ojos se encontraron, y él parecía morir en su mirada, como si el martirio que había supuesto los días anteriores. Moría lentamente. Ella profirió un reclamo, disfrazado de sutileza y palabras en tono dulzón, como solo las mujeres pueden hacerlo. Esos reclamos que por ser así, jamás se pueden olvidar, y son como una daga que cada vez que resuena su voz en su mente, traspasa el espíritu, una y otra vez.

Ella siguió su camino, en ningún momento se detuvo, ni volteó su mirada después de la frase que le dirigió. Paso de largo, y él sintió alivio, pero se sintió bajo, por dejar hacer a la distancia el trabajo que él debía haber hecho: Terminar ese sentimiento en el momento debido. Fingió tranquilidad para terminar la plática como si nada, se despidió, y partió a padecer al aula.

Llegó, simplemente para darse cuenta del desorden que había, la falta de apoyo y coordinación, y el descaro de ellos, de hacerle pasar la pena de defender lo indefendible ante la clase. Ante eso, no había nada más que hacer, era necesario padecer la pena, antes que no hacer nada por ello. Al borde del llanto iracundo, y con la suma de todas las presiones, pasó, e hizo lo que tenía que hacer.

No hubo aplausos, no hubo felicitaciones, hubo preguntas ácidas y malintencionadas, a las que solo él debió hacer frente. Terminó, como dicen cuando un partido de fútbol es difícil, terminó “pidiendo la hora”.

Salió después de eso, cabizbajo, y se quedo solo, como siempre le suele pasar. Descargó su ira contra la pared, y reflexionó un poco con la vista la cuidad y una brisa fresca rodeándolo, como queriendo calmarlo. Y lo lograba, con ayuda de lo que él siempre hacía cuando tenía algo que sacar.

Haciendo eso se da cuenta que, como en todo, siempre queda lección. Y la de ese día ha sido elegir bien a las personas con las que te rodeas, en este caso cuando es relacionado con los estudios, y presionarlos como si fuese un trabajo formal, nada de pequeñeces.

Pero la otra lección que aprendió, y más que aprender, repasó, es que no se debe dejar que la distancia haga lo que uno debe de hacer, aunque quiza, hayan válidas razones para pensar que eso es lo mejor, y simplemente dejar las cosas morir.

Y pensó en estas cosas. Y pensó: No más.

Miércoles, Noviembre 29, 2010

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