Este es el Castillo de Cartas


Un castillo de cartas.
Frágil, si piensa en el que está hecho de naipes.
Interesante, si piensa en uno hecho de epístolas.
Este cae en ambas descripciones.

lunes, 20 de junio de 2011

Mensaje

La expresión de su rostro era una mezcla de ojos incrédulos llenos de resignación a la vez. Ese mensaje que terminaba de leer había causado tal reacción, y absorto frente a la pantalla de aquella computadora de escritorio, comenzó a cavilar.

Pensó en qué pudo haber causado ese mensaje, en qué pudo haber hecho mal, en qué pudo fallarse él a si mismo, y fallarle a ella, a su amiga, a su confidente, a esa persona especial.

Pensó en algunas palabras que, con análisis objetivo sin pasiones y sin tendencias, sabía que no iban con él. Sabía que las expresiones que esas letras juntas formaban en aquella pantalla eran muestra de un enojo que esas mismas letras trataban de ocultar, pero no lo podían hacer. Ya la conocía muy bien.

Pensó en que pudo descubrir verdades en ese mensaje también. Verdades duras, verdades visiblemente invisibles para él que habían estado dentro de si por largo tiempo quizá, y que supo ipso facto que debía cambiar.

Pensó en que no hay mal que por bien no venga, y que obedecería el mandato final de ese mensaje, dejarlo sin respuesta, tal y como era su voluntad, por mucho que se le dificultara dejarlo así.

Pensó en lo bueno que pasó, pensó en las diferencias, pensó en lo integral de esa pasión, pensó en que fue excelente, pensó en que terminó, pensó en que quizá no volvería a saber más de ese remitente, pensó en pensar lo bueno, hizo lo que pensó, y permaneció en ese recuerdo hasta hoy, porque es mejor así.

En casos así, pensó, es mejor recordar lo bueno. Se sabe que muy seguramente eso no volverá.

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